Desempolvando la historia, en documentos, cuentos, libros y otros, podemos entender la importancia de un hecho que para muchos pasó y que para algunos sigue… un digno ejemplo es la historia de un viejo luchador, el general Eloy Alfaro Delgado conocido como “el mejor ecuatoriano de todos los tiempos”.
La noche de ayer 17 de agosto en “la casa de Alfaro” en Montecristi-Manabí se realizó la presentación del libro “Eloy Alfaro. Escritos Políticos” por el historiador Jorge Núñez, en donde enfoca el pensamiento, avances políticos, sociales y económicos del general.
Una de sus obras más reconocidas es el ferrocarril, la participación de la mujer en todos sus ámbitos y otras que dejaron en alto el nombre del Viejo Luchador, este libro como sus exponentes dijeron busca recoger lo más destacado de sus obras, ideas políticas y pensamientos.
La iniciativa de esta presentación es gracias al ministerio de la coordinación política y gobiernos autónomos descentralizados, que busca fundamentar la importancia de la política. Para ello en la presentación se hizo la entrega de ejemplares del libro, y que luego de las intervenciones de los personajes se dio inicio a las inquietudes del público.
En el evento estuvieron como invitados universidades, colegios, docentes autoridades y demás ciudadanos, quienes al parecer se sienten orgullosos de que la historia del gran luchador Eloy Alfaro no muera.
Podría decirse que es uno de los lugares más comunes de nuestra ciudad; pero hay algo que lo hace muy especial y es que este parque vio nacer la identidad de Portoviejo: es el Vicente Amador Flor.
¡Din don! ¡Din don! ¡Din don!
Las puertas se abren al son de las campanas cuando el reloj marca las 07h00. Sentado en un banquillo, bajo la sombra de un árbol y acompañado de una vieja cámara, está Don Líder, apodado como la común cajetilla de cigarrillos, no por fumar sino porque su nombre verdadero es Didier Bianor Loor, un nombre difícil de pronunciar para aquellos que lo conocen y peor aún para quienes no lo conocen. En las noches, acostado en su cama espera un nuevo día para ir al parque y sacar de la Gobernación a su amiga de la vida, con sus revelaciones de blanco y negro que lo ha acompañado desde 1948: su cámara. Es un equipo que en trozos de papeles ha dejado tatuados rostros de personas que buscan llevarse un recuerdo de Portoviejo y del parque, que en 1534 fue levantado como una plaza de armas y es el punto en el cual nació la ciudad. Entonces la plaza tenía una finalidad política y militar, donde se apostaban las principales instituciones coloniales. En 1881 cuando el lugar se convirtió en un punto de encuentro, el Coronel Pedro Campuzano entregó la potestad de este espacio al Municipio para que lo convirtieran en un parque público. En sus ratos de ocio el coronel sembró árboles y flores donde hoy se encuentra el Vicente Amador Flor.
Los pequeños corren por todo el parque alrededor de la Glorieta y sobre ella. La música vuela por los vientos hasta llegar a los oídos de las personas. Aquí no parecen importar los ruidos de los carros que cruzan por la calle Sucre, Olmedo, Bolívar y Ricaurte. Sólo hay que estar bien atentos, para escuchar las risas de los señoríos de cierta edad que han hecho de este parque su segundo hogar. Se trata de un lugar que ha sido un testigo mudo de muchas historias. ¿Cuántos rieron o lloraron? ¿Aquí, cuántos no se han enamorado? ¿Cuántos terminaron algo que empezaba a crecer? Eso sólo lo sabe el parque y los dueños de sus historias.
-¿Jair, no quieres una foto?- grita una mujer de cabellos dorados a su hijo de 5 años que corre con una pequeña niña que apenas conoce. El niño va de prisa a los brazos de la mamá y a lo lejos él agita su mano despidiéndose de la niña. La pequeña lo mira y queda sentada en el primer escalón de la Glorieta.
Sentado en el piso, junto a la banca, lustra el zapatero a cambio de unas monedas. Su rostro es opacado por las manchas negras del betún. Tres garzas de piedra apuntan el cielo con sus largos cuellos, esperando tal vez a que llegue la lluvia.
Donde estaba el lustrador se sienta un señor con una joven
-¡Estoy solo aquí con mi hija!
Lo dice en voz alta como para que yo escuche, me mira a cada rato y me tira indirectas
-¡Hooola, mírame!, ¡Oye, mi amor, a ti te digo, la de abrigo naranja!
Soy la única de abrigo naranja. Al rato la chica lo morbosea y le da un beso en el cuello. Ahora me quedan dudas, no sé si es su hija o su pelada. Me aparto del lugar y voy en busca de una historia.
Me le acerco a un señor...
–¿Hola qué tal, cómo le va?- le pregunté.
-Bien, aquí sentado con mi cámara disfrutando de la vida con mis amigos los jubilados.
Menea su cabeza, cierra El Diario y se sienta bien.
-¡Ah, usted es fotógrafo! -¡Qué bien! Pensé que la estaba cuidando!
Por fin había encontrado la historia.
-Y ¿hace que tiempo es fotógrafo?- pregunto, y me muevo hacia la sombra, el sol está que quema y no hay ni un banco para sentarme. Me persigue con la mirada.
-Yo llegué en 1948, desde esa época estoy aquí en el parque, usted calcule y vea cuanto es eso-. Me dice y se saca los lentes. En sus ojos están dibujadas las líneas que parecen caminos, caminos por los que ha pasado su vida.
-mmm unos 60 años o ¿no?-
Me hizo una cara media rara y me pregunta:
-¿Quién es usted?
-Disculpe por no presentarme, mi nombre es Irene Cedeño -estiré mi brazo y lo saludé.
-¡Ah, Irene!
Me estruja la mano y se ríe.
-Sí.
- y ¿qué anda haciendo por aquí? dice como un poco extrañado.
- Una historia, eso me trae por aquí -seguí con mis preguntas porque me había entrado la curiosidad de saber cómo era manejar esa cámara antigua.
-¿Y quién le enseño a manejar la cámara, porque se ve que es un poco difícil?
Me dirijo hacia la cámara.
-Esto… comencé aprender por medio de mi papá y de mi hermano mayor. El resto se lo dejo a la práctica-.
Se pone de pie.
-¿Podría ver la cámara? -ansiosa pregunté, pues nunca había visto algo así, tan sólo en las películas.
-Está bien.
Camina hacia mí y de esa pequeña caja negra, la cámara, sacó un poco de cosas, tarros con una especie de líquidos, papeles, y unos aparatos de madera para medir el tamaño de las fotos. Parecía el sombrero de un mago.
-Es por aquí que se toma la foto- encoge una especie de manga de camisa de color verde.
-¡Agáchese y mire por aquí, agáchese!
Me agache, se pone al frente de la cámara y abre el lente, y vi un señor que pasó al revés, dentro de ahí todo lo ves al revés, estoy sorprendida.
- ¡Esta al revés don Didier!- se me carcajeaba de risa, y me dice que es así.
- ¿En serio?-pensé por un momento que la posición de la cámara estaba mal.
Algunas personas se iban y pocas quedaban, era hora del almuerzo. Don Didier también se va.
-¿Y siempre pasa aquí en el parque?-
Yo vengo aquí para entretenerme con mis amigos y vengo desde las 08h00 ó 09h00 y me voy a las 12h00. Siempre voy a estar aquí hasta el último día que mi cuerpo pueda caminar.
Las revelaciones son en minutos, en un trozo de papel estará grabada una imagen, de un parque y una ciudad, en blanco y negro como lo quieren los migrantes que son los que más se han llevado un recuerdo de Portoviejo.
A este parque lo conocen más como Parque Central, pero, lo han denominado Plaza de Armas, Parque Municipal, Parque de Míster Challes, Francisco Pacheco y finalmente como Parque Vicente Amador Flor, en honor al poeta que le ha escrito poesías. Una de ellas “Primavera”, este personaje buscaba en este parque como aun lo hacen algunos, un momento de concentración e inspiración.
imagenes que decoran el Parque
Imagen de Vicente Amador Flor
Los sábados o domingos las personas se reunían en el parque para escuchar Las retretas, O bandas del pueblo tocadas por los policías, bomberos, bandas de Picoazá, Montecristi y de vez en cuando el ejercito hacía notar su presencia. Ahora muchos vienen a observar las verbenas los días martes, miércoles y jueves.
Didier Loor Palma 78 años de edad Fotógrafo profesional, Por más de 60 años Ejerciendo este oficio con fotografías a blanco y negro.